Joaquín Sabina, El regreso del guerrero


         

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    Predeterminado Joaquín Sabina, El regreso del guerrero

    De paso por Buenos Aires, el cantautor español habla de la depresión por la que pasó, de la poesía que lo sacó de allí y de sus próximos conciertos
    En la pantalla de la sala del hotel se proyecta en un sinfín el DVD que acompaña la edición especial de "Alivio de luto". Sin audio, se ve a Sabina en el estudio y en el living de su casa madrileña. "Es raro estar aquí y ver mi casa", dice y repite un par de veces, mientras se ven su biblioteca, sus adornos, su sillón y habla sobre el orden en que tiene sus libros y los ejemplares "del corazón", que, claro, tiene bajo llave.

    No es inexplicable su extrañeza frente a la imagen. Es que fue en esa casa de Lavapiés donde transcurrieron buena parte de sus días en los últimos años, cuando, una vez pasado ese accidente cerebrovascular que él llama "el ictus", apareció la "nube negra".

    "Tampoco era una depresión de pasarlo muy mal. No es que me quería tirar por la ventana, pero tampoco quería ver a nadie, no quería hacer nada. Tenía una sensación como cuando estás en el colegio y agarras una leve gripe, que te quedas en casa, no vas al colegio, vienen los amigos a visitarte, te cuidan. Así era, pensaba que no tenía que hacer nada, que no tenía que cantar, no tenía que escribir, no tenía ningún compromiso y me quedaban algunos ahorritos para pagar el colegio de mis niñas. No fue una sensación desagradable, pero muchas veces no tenía ganas ni de levantarme de la cama ni de salir al salón de mi casa. Me la pasaba viendo telebasura y sin siquiera enfadarme por lo que veía. Fíjate que ni siquiera me indignaba”, dice, y larga una gran risa. Es la risa del Sabina conocido, la risa del Sabina regresado de eso que él compara con un pabellón de reposo. “Como en la generación de mis padres, que todos pasaron por una tuberculosis y se tenían que ir unos meses”, bromea.

    Dice que aquella temporada oscura y desganada se fue de repente, como había llegado, pero que en parte sí ayudó el poema “Nube negra”, de Luis García Montero, que, convertido en canción, integra el disco. “Una noche, charlando con él, yo jugué con la metáfora cursi de que estaba con la nube negra. El me decía que yo tenía que volver a la carretera y a escribir canciones y tal, y yo con que no tenía ninguna gana, que llevaba dos años con la guitarra al lado de la cama sin agarrarla. A la mañana siguiente vino y me dijo: «Mira cabrón, como tú no lo haces, yo he escrito una canción con tus palabras, para que la cantes tú. Ahí arrancó el disco, porque la letra era tan buena que ya llevaba su música adentro.”

    No es la única participación de ese grupo de poetas que Sabina frecuenta desde hace unos años, aquellos que lo animaron a volver a su vieja vocación literaria y a escribir sonetos. “Ha sido mi terapia. En lugar de psiquiatra, sonetos. Más barato.” También hay una traducción de “There is a War”, de Leonard Cohen, un tema con Benjamín Prado y otro con Pepe Caballero Bonard. “Este último es un poeta de 80 años, genial, una especie de maestro nuestro. Si están todos allí es porque a mí me gusta que los discos sean una especie de documental de lo que me pasa. Y desde hace cuatro años paso los veranos en un sitio que se llama Rota, al lado del mar, en la provincia de Cádiz, con este grupo de poetas. Por las noches hacemos sonetos a cuatro manos, o bromas que terminan en un artículo para los periódicos, y este año escuchábamos mucho el casete de Leonard Cohen. Quería que eso estuviera reflejado en el disco.”

    La banda sonora de su depresión, cuenta, fue con los “viejos queridos de siempre: Cohen, Dylan, Tom Waits, J.J. Cale, Camarón de la Isla, el Polaco Goyeneche, mis discos de siempre. Era para no estar tan solo, y además porque oyendo música no tienes que pensar, te dejas llevar por ella”, agrega.

    De la música ajena a la música propia hubo en un momento un solo paso. Y, tras el empujón de los poetas, a “Nube negra” siguieron otras. “Cuando tuve unas veinte o veinticinco canciones nos juntamos con Pancho [Varona] y Antonio [García de Diego] y trabajamos como hacemos siempre. Vamos a casa por las tardes, agarramos las guitarras, yo voy corrigiendo cosas, ellos van poniendo notas. Es un trabajo mucho más de grupo que casi todos los grupos que conozco. Yo nunca llevo una letra para poner música, sino que llevo la raspa del pescadito, un esqueleto que puede variar y que lleva ya un esqueleto de música. Les canto algo y ellos ponen cara de que es una puta mierda y empezamos a trabajar”, dice, y lanza otra de sus risas mechadas de toses. “Luego viene la segunda parte, cuando ellos, que son músicos y tienen sus propias manías, la complican mucho, y yo les digo «fuera todo eso, volvamos otra vez con las guitarras».”

    Así fue armándose el disco, “trabajosamente”, aclara, “porque había días que no estaba para la labor”. Pero, finalmente, tomaron forma y se grabaron las trece canciones de “Alivio de luto”. Ahora, frente al trabajo hecho, Sabina se siente satisfecho, simplemente porque esté terminado, contra todo lo esperado apenas unos meses atrás. “Además, la gente lo ha recibido de un modo increíble; yo creía que era un disco muy oscuro, muy crepuscular, sin historias claras, y que iba a tardar más en abrirse paso hacia la gente. No fue así, supongo que no tanto por las virtudes del disco, sino porque había una expectativa de tres años. Y lo que más contento me pone es que una vez acabado me han entrado unas ganas irresistibles de subirme al escenario y cantar.”

    Ya tiene todo programado. O casi. Dice que apenas regrese a Madrid comenzarán los ensayos. “Estamos preparando un espectáculo que va a ir creciendo solo. Empezaremos en teatros, casi un show casi acústico, sólo con Pancho, Antonio y Olga [Román], y si la cosa va bien en verano haremos esas misas paganas que son las plazas de toros de España. Irá creciendo solo y meteremos electricidad. Estoy también pensando en el repertorio, porque al ser tan mayor tienes un repertorio amplísimo. La primera elección es ¿canto el disco nuevo o no? La segunda es ¿canto las que han sido éxito o no? Y la tercera, que es la que va a ser, es que canto las que me gustan a mí.”

    Buenos Aires, claro, entra en este programa. La idea es venir en marzo, con el espectáculo “casi acústico” y, a fin de año, regresar al Luna Park, con el show expandido. “Pero primero quiero hacer mi Gran Rex del alma.”



  2. #2
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    muchas tenquius, muy bueno

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